Nunca había visto algo parecido. Fascinante, felicidad en estado puro, brutal. Mejor que cualquier droga; su única droga era ella. No podían prescindir el uno del otro, porque si lo hacían morirían, se pudrirían por dentro. A cada paso que daba por mínimo que fuera, él la perseguía ajustaba rápidamente su posición respecto a ella, cómo cuando las diminutas e inofensivas hormigas trabajan en fila todo el verano, siempre una tras la otra. Ella extendía los brazos hacia delante y encontraba los suyos, ella se perdía en las oscuras tinieblas pero encontraba su soporte, ella no veía nítidas las cosas pero él le prendía luz de la nada. Podrían olvidarse de todo en una noche y pensar solo en ellos dos. Él era el centro del universo para ella, como si fueran imanes que se unen con solo una mirada. Ella era su satélite que giraba siempre en torno él.
Un día él desapareció de su vida como una estrella fugaz que apenas la pierdes de vista en unos instantes, causando en ella la herida más profunda que jamás pudiera imaginar. Cada día su anhelo hacia él era más inmenso. Echaba de menos los latidos de su corazón. El coraje que invadía su interior comenzaba a ser más insoportable y el gran dolor que existía en su pecho cada día, hora, minuto y segundo era más inaguantable.
Lo único que ella meditaba para mantenerse en pie, era que le bastaba con saber que él aún respiraba.

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